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Los hijos PERFECTOS.

  • Foto del escritor: Carolina Contreras
    Carolina Contreras
  • 29 nov 2013
  • 2 Min. de lectura

Una mentira, creída y repetida millones de veces por millones de personas… ¿Se vuelve verdad?... Yo diría que se vuelve un paradigma, una creencia compartida por la comunidad que tarde o temprano, como sucede con todas las mentiras, tendrá que caer y la verdad saldrá a flote, abriéndose paso en una tempestad de incertidumbre y sufrimiento.

La sociedad, la religión, la moda, la cultura y demás creaciones del hombre, nos cuentan a menudo una serie de cuentos, interpretaciones de su realidad… de sus creencias. Las personas que “amamos” y que nos “aman” nos condicionan la pertenencia y el cariño convirtiéndolo en una negociación, un vil trueque. Desde pequeños nos vemos obligados, muchas veces sin darnos cuenta, a aceptar esa creencia, comenzamos a negar nuestra esencia con tal de no perder el amor y el cariño de esas personas, que en una primera edad son indispensables para nuestra supervivencia.

En la infancia, en un estado de pureza e ingenuidad, cuando apenas comenzamos a reconocernos, a sentirnos y a vivirnos, nuestros padres (las personas más importantes para un niño en ese momento) nos solicitan renunciar poco a poco a nuestra naturaleza, viéndonos en la necesidad de reprimir y negar nuestros más profundos impulsos y deseos. El adulto, con la pesadumbre del condicionamiento social, con sus miedos, con sus anhelos fundados en un prototipo irreal del ser, comienza a modelar a los pequeños, les dice “NO” cuando expresan su enojo, su tristeza, su alegría, su excitación… les dice “NO” inclusive cuando comienzan a conocer su cuerpo, a tocarlo, a moverlo, a compartir sus capacidades con otros niños, les dice “NO” cuando están sanos y “SI” cuando aprenden su neurosis, quedando en el sino del niño, gravada como si fuera un tatuaje la culpa de no ser puramente como el padre esperaría, y la encomienda de mostrarse un tanto neurótico al mundo que lo rodea… difundiendo a sus cercanos esta creencia como verdad.

Cuando las creencias impuestas chocan con nuestra esencia y desarrollo surge un conflicto profundo, ¿qué tanto debo renunciar a mí? ¿qué tanto debo “ser” lo que es correcto? ¿Si tengo ganas, es pecado? ¿Si lo disfruto soy mala?

En este momento de mi vida, me he vuelto una cínica según mi madre, he decidido darme permiso de hacer algunas cosas que disfruto, aunque no estén del todo “bien”, y en base a mi experiencia, aprendizajes y conocimiento que he obtenido de compartir con otras personas y leer, disfruto de mi cinismo, me vivo con cierta libertad, sin necesidad de esconder lo poco que he logrado rescatar de mi auténtico sino. Me reconozco una mujer erótica, disfrutando de nadar desnuda en el mar, del vino, de los manjares que hay a mi derredor. Y aunque reconozco aún en mi la neurosis de mi madre, de mi abuela, de mis tías, de algunos maestros… a veces tengo claridad y elijo por mí, y no por esas creencias, comprometiéndome a reconocer a mis hijos en su autenticidad, tratando de no hacerles sentir el rechazo cuando no se apegan a mi creencia de lo que “debieran” ser.





 
 
 

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